miércoles, junio 18, 2008

Seguramente es idiota hablar de la sensación que se tiene cuando uno tiene la sensación autentica de ser mayor, pero por lo que he visto es realmente efectivo para conseguir la solidaridad de muchos, la caridad de algunos otros, y el irremediable “le acompaño en el sentimiento” dicho entre dientes por unos pocos, posiblemente aquellos conscientemente jóvenes que no saben todavía de que va esta historia pero se sienten en la obligación de participar en algo tan desapasionante y ajeno a ellos mismos como para tratar de no quedar en evidencia. Ellos lo tienen más claro que nadie. Dicen lo que no sienten porque intuyen, más que saben, que las cosas son lo que son, casi siempre irremediables pero evidentemente ajenas, y lo dicen con la indiferencia del que ignora que de ellas puedan nacer mil consecuencias no necesariamente afortunadas. Efectivamente no hay nada como estar lejos de un problema para que el problema no exista o, en el peor de los casos, para que se minimice hasta convertirse en absurdo. Ya se sabe lo fácil que es resolver las cuestiones que siempre nos plantean los demás y que no tenemos más remedio que asumir como si fueran nuestras. Realmente sólo se necesita de buenas palabras, las más ampulosas y huecas que seamos capaces de reunir, y sobre todo suficientemente ambivalentes, que nunca comprometan demasiado, que puedan servir para casi todo, y que tengan musicalidad y un cierto ritmo.
Es curioso como todo ser humano tiene un sentido musical innato evidente, incluso aquellos que presumen de carecer de oído porque lo suyo de verdad es la lectura, que siempre - dicen - es otra cosa. Yo me dí cuenta de ello desde el primer momento de mi vida consciente. Me percaté de ello como también me percaté de que todo parecía interesarme; era un observador compulsivo entendiera o no entendiera lo que veía. Me fijaba en todo y todo lo registraba y archivaba en los respectivos casilleros de mi mente, donde almacené montañas de escenas, gestos, palabras, risas y llantos, emociones, sensaciones, desconciertos… Allí quedaron todos registrados, guardando, por supuesto, la distancia adecuada con respecto a mi mismo. Todo, fuera lo que fuera y por muy tonto que pudiera parecer, me interesaba, y todo parecía tener su razón de ser, aunque dicho orden aparente respondiera al mas absoluto desorden nacido de un mundo de paradojas, inconsistente y repleto de contradicciones y absurdos. Pero, entonces, a mi todo me parecía mágico y atraía mi atención sin dejarme nunca indiferente. Bueno, tengo que ser sincero. Curioso era, pero también lo seguí siendo y aún más cuando me percaté de que la curiosidad podía ser el antídoto perfecto para poder evitar vivir la realidad, y que permanecer en segundo plano y en permanente observación era más fácil y mucho más cómodo que vivir y participar en los acontecimientos que observaba.
Pero a lo que iba. El sentido musical de los desorejados musicalmente hablando lo descubrí en un duelo funerario de los de antes, de los auténticos a los que no les suele faltar de nada y menos aún el coro de plañideras profesiones más que capaces de taladrarte con sus llantos e hipidos no sólo el tímpano, sino también el recinto amurallado del alma donde sueles ocultar los sentimientos y las emociones genéricas, esas que se reservan para los demás en general, ni demasiado ciertas ni totalmente falsas; lo dicho, tibias sin más. Las otras, las propias e inmediatas, ésas siempre suelen estar a flor de piel y no hay forma humana de protegerlas; quizá tan sólo de disfrazarlas adecuadamente, y no necesitan de ninguna música para manifestarse.
Pues es cierto y así lo observé y lo escribo; aquellas plañideras hicieron emocionar, con sus cantos de delfines juguetones, a todos los asistentes, y algunos eran manifiestamente inútiles para apreciar dos notas seguidas. Aún se me encoje el ánimo cuando lo recuerdo a pesar de haber olvidado a quién se velaba.

Seguramente desde la perspectiva de mis treinta y algunos años haya sido improcedente lamentarme de algunas cuestiones que son meramente circunstanciales para la gran mayoría de los mortales, incluso para mi mismo, pero ¿por qué no hacerlo sin miramientos? ¿No es, acaso, un problema de tiempo nada más?
¿Miedo a hacernos mayores? No, por supuesto que no. ¿Miedo, dice usted? ¡Que va! El tiempo no es nada, ni siquiera cuenta. El tiempo va a su bola y nosotros a la nuestra si es eso lo que queremos, que casi siempre, salvo que seamos lamentablemente fatalistas, queremos. A mi jamás me ha dado miedo el tiempo quizá porque estoy situado aún en tierra de nadie: a caballo del ayer, que lo tengo aún entre las manos, encima de la palma, aunque ya próximo al extremo de los dedos y a punto de caer al vacío más vacío posible, y del mañana, que también está a punto de acampar sobre mi propia mano y asentar sus reales creándome el desasosiego que presumo me va a crear. En fin, que soy una especia de malabarista de la realidad, que la asumo, discuto, trato inútilmente de transformarla, me quejo de ella y, resignadamente, la vivo con la pretensión inconformista de que me permita al menos tener derecho al pataleo.
Creo que ese derecho es el único que nos identifica como seres humanos de verdad. Me encanta despotricar de casi todo y no aceptar casi nada. Me analizo, mi disecciono, busco reacciones que quisiera encontrarme y que no aparecen por ninguna parte, y encuentro consecuencias a hechos que ni siquiera pude adivinar que existían en mi entorno y que con seguridad estuvieron ahí. Me acuso y me condeno sin paliativos. Me redimo pocas, muy pocas veces. Pero desde siempre eso que me permito a mi mismo no se lo he permitido a los demás nunca. Ellos no son quiénes ni para condenarme, que por supuesto no lo harían habitualmente si fueran seres pensante y no teledirigidos, que cada vez hay más, no por malicia, sino por comodidad, porque es mejor dejarse llevar, porque para qué remar contra corriente con lo agotador que parece ser, y sobre todo para qué, si el resultado final suele ser el mismo. Sí, lo dicho; a ellos, los acomodaticios, los estables, los amorfos, a ellos si lo hicieran, si me condenaran, ni se lo tendría en consideración y no me importaría lo más mínimo; pero si me redimieran aún se lo aceptaría menos aún precisamente porque quiero seguir siendo dueño de mi vida, y la única manifestación inteligente de mi propia realidad es la de ser redactor voluntario y único de mi testamento vital, ése que deberá decir lo que debería decir cuando seguramente no podré decir lo que había pensado decir mil doscientas veces antes . Que nadie sea capaz de sustituirme, de quitarme de en medio, de aparcarme junto al andén de salida habiéndome puesto entre las manos el billete determinado a un destino cierto. Que nadie sea capaz de absolverme de nada, salvo que yo lo solicite, que no lo haré, no por coherencia, que eso es sinónimo de inteligencia natural, sino por soberbia, que es igualmente sinónimo pero, en este caso, de falta de inteligencia incluso más natural y más humana pero mas coherente con cualquier descendiente directo de nuestros primeros padres, aquellos que, gracias a Dios, nos hicieron como nos hicieron: infelices, seguro; pero, sobre todo, vitales. Tan vitales como vengo diciendo, con el rasgo más característico de nuestra propia naturaleza, la de reivindicar y hacer uso de nuestro derecho al pataleo.
¿Hacernos mayores? ¡Que maravilla! Y perder… ¿la conciencia de lo que fuimos?; ¿la memoria de lo que hicimos? ; ¿nuestra independencia?; ¿nuestra fuerza?, ¿nuestra esperanza de dejar de ser lo que somos, y lo que fuimos? ¿Encontrar por fin las barreras a nuestros sueños para asentarlos en sus juntos términos y no nos desboquen el corazón? ¡Renunciar! ¡Dejarnos ir! ¿Aceptar sin remisión?
No tengo idea de si lo que me asustaría es todo lo que no he hecho y alguna vez quise hacer, o de verdad perder la memoria de todo lo inútil que hice, de toda la perdida de tiempo, de toda la pequeñez de miras en la que me dejé perder. ¿No será que la perdida de memoria es la única posible redención que podría quedarnos? ¿No será que es, en realidad, la redención divina en la tierra que nos viene a trasladar de nuevo al paraíso, a ese paraíso del que salimos por culpa de una manzana cuando seguramente no éramos conscientes de casi nada, por no decir de nada, y sólo nos limitábamos a ser felices?
¿Quejarme de ser mayor…? ¿Y quién se queja? Yo no. Yo aspiro a ser mayor, pero muy mayor, y si es posible a saber por fin, aunque sea por una sola vez, por qué decía lo que decía. En resumidas cuentas, a llegar a saber quién había sido, por qué y para qué había sido; es decir, mi razón de ser, si es que tendría que haber alguna, y no todo fuera producto de la casualidad, del azar y de la evolución-involución de la materia. Aspiro a encontrarme conmigo mismo un segundo antes de olvidarme de todo. ¿Quién podría ser capaz de aguantar una visión parecida por más tiempo? Yo seguro que no.

domingo, junio 08, 2008

Está claro que no soy yo. Está claro que lo escribo a pesar de mi mismo. Está aún mas claro que yo jamás sería capaz de tomar alguna resolución al respecto, pero, a pesar de darme por vencido de antemano, siento el impulso de decir lo que voy a decir.
Sólo sé que estoy condicionado por el principio más elemental de justicia, esa que no requiere calificativo alguno ni delimitación por áreas o aspectos vitales. Siempre he creído que la justicia es justa y basta con ello aunque sea, en ocasiones, simplemente un clavo ardiendo. Pero, ¿a qué podríamos acogernos si no hubiera de vez en cuando un clavo ardiendo? ¿Qué esperanza podría quedarnos a los que aspiramos a que todo lo que nos rodea sea como debiera ser: que las personas no se equivoquen más allá de lo que debieran equivocarse, y que cada uno asuma su propio rol, sin que éste esté alterado, potenciado, y hasta desquiciado por su propio capricho o por el de los demás?
No sé qué quiero decir, por supuesto. Sí sé a quién se lo quiero decir, y aún me gustaría más acertar a decir lo que quisiera decirle, pero una vez más me resulta poco menos que imposible. Me sobran emociones y me faltan palabras, y si a esa limitación le añade uno la carencia inexcusable de formación ortográfica y gramatical, ¿en qué puede quedar mi intento? ¡Miedo me da!

¿De qué somos siempre culpables los soberbios de corazón pero que respetamos a las personas de nuestro entorno más allá de lo estrictamente necesario?… No, por supuesto que no voy a contestar a mi pregunta. ¿Qué coño puede significar eso de “estrictamente necesario”? ¿Quién soy yo para establecer un punto de inflexión, para fijar el lugar exacto donde debiera situarse la barrera que pudiera delimitar el ámbito preciso de las emociones que condicionan el comportamiento de las personas, ese punto y ese algo que diferencia y distingue lo que debe ser y lo no que no debiera ser? Y como ya estamos como siempre, porque sí, estamos como casi siempre, es decir, en ninguna parte, me pregunto: ¿Por qué es tan fácil para los que tienen las ideas claras perdonarte las menos de las veces y, las más, acusarte e imponerte una severa penitencia? Qué fácil parece ser para ellos lo que para ti, que lo piensas casi todo, que lo analizas casi todo, que buscas siempre las razones y hasta las sinrazones, es poco menos que imposible. Tú jamás eres capaz de llegar a conclusiones, y tus juicios sobre los demás, por muy duros que pudieran parecer, se quedan siempre en lo general y en meras palabras, y también siempre dejan diversas salidas de emergencia por donde permitir una evacuación fácil y airosa; y así te va. Ellos no. Ellos no te dejan resquicio alguno. Delimitan perfectamente los espacios necesarios para no ahogarte en el primer envite, pero tabican huecos y ventanas sin dejar escapatoria alguna. Tú lo aceptas todo, lo asumes todo, estás siempre dispuesto a pedir perdón, aunque nunca hayas sabido exactamente de qué y por qué, y eso, con la soberbia enfermiza que te caracteriza, porque es lo único que de verdad tienes y es genuinamente tuya, pues te duele, y te desconcierta, y te descoloca, como te descoloca casi todo porque te hace más pequeño incluso de lo que sabes que eres.
Que terrible verdad empieza a ser esa: “casi todo te descoloca”. Y ya hasta te planteas la duda de si el falto de equilibrio eres tú; y como cuando te planteas una duda siempre estás dispuesto a asumir el error como propio, pues lo haces, y sin estar plenamente convencido de ello simplemente lo asumes y esperas alguna otra nueva ocasión para profundizar algo más y, si hay suerte, poder llegar entonces a alguna conclusión más favorable para ti mismo, y si no lo fuera, al menos algo más justa. Pero como hoy, y casi siempre es hoy, no se da el caso, no tienes mas remedio que abrir un nuevo frente en tus ya debilitadas defensas y preguntarte: ¿no será que soy yo, y sólo yo, el descolocado, el endeble, el ignorante, el que inventa problemas, el que no sabe dónde está, ni para qué está? ¿No serás sólo tú el que se pierde entre sus fantasmas de siempre, y los demás son los que de verdad están donde debieran estar?

Y te asalta la duda porque siempre hay en ti posibilidad para una duda más, aunque sabes que en éste caso no sea así.
Y te resistes por ello.
Y estás dispuesto a protestar porque no es justo y tú si lo eres o crees que lo eres. Y sabes que además no tienes ningún miedo a la soledad porque siempre has vivido de alguna forma rodeado de ella, aunque, eso si, de una especie de soledad muy particular: una soledad acompañada y repleta de gestos y ruidos conocidos, muy distinta, seguro, a la soledad que pudiera ser. Y por ello no te sientes con fuerzas para ir más allá, y ahí te quedas con el corazón encogido pensando por qué te pasan a ti estas cosas, y te das cuenta de que tampoco es justo, y que tienen solución, pero que la solución quizá sea menos justa aún, y que te has quedado en tierra de nadie, y que nadie tiene la culpa, sólo el tiempo.
Si, seguro. Sólo el tiempo. Y le interrogas, y te mira, y te dice que él tampoco tiene la culpa, que se ha limitado a cumplir su papel, y que serás seguramente tú el culpable, y que palpes tus bolsillos por si acaso, y que sigas buscando si quieres, y que no te limites simplemente a mirar hacia atrás para intentar medir exactamente la distancia recorrida y ver que ya es mucha, posiblemente demasiada. Y yo qué sé cuantas cosas más…
Y ahí te quedas con la sensación de que… ¿no te gusta del todo tú vida…?

jueves, mayo 29, 2008

Tiene narices la vida. Tú la vas viviendo sin aspavientos y como buenamente puedes, mirando siempre a derecha e izquierda para evitarte sobresaltos, y cruzando por el consabido paso de cebra, que según dicen quienes entienden de esto, es por donde se debe cruzar. Te sientes, o crees sentirte, que para el caso importa muy poco, animoso, participativo, solidario, serio, respetuoso. Te obligas a ti mismo. Y a ti mismo te limitas palpándote para definir tus propios perfiles cada vez que actúas, un poco por coherencia, mucho más por prudencia, y sobre todo por no significarte y por no romper la aparente armonía que te rodea. Esa armonía de la que hablan casi todos, tú apenas has llegado a vislumbrarla alguna vez, y por supuesto rechina y se da de tortas con el aura que llegas a percibir de los que son sus defensores a ultranza. En fin, debe ser la paradoja de siempre, te dices con frecuencia sin darle mayor importancia. Lo anecdótico de la vida.
A pesar de todo y por lo que pudiera ser, estás ahí siempre o crees estarlo. Nunca te amagas y evidentemente dejas en tu entorno una impresión de fuerza, como de poder abarcarlo todo, de dominarlo todo, de resolverlo todo. No es por soberbia, que también lo es, porque en el fondo es lo único cierto y nítido que percibes de ti mismo. Nadie medianamente serio se ha atrevido nunca a señalarte con el dedo porque saben reconocer tu valía, tu saber estar, lo dicho: tu consistencia. Esa consistencia que no suele ser demasiado habitual. Evidentemente descartas a los medios de comunicación social que son, gracias al cielo, de otro mundo. Esos si, alguna vez, te han señalado con el dedo, pero ellos no cuentan. ¿Cómo pueden contar quienes están obligados a juntar palabras a tanto cada una de ellas sin que lleguen a saber, en su gran mayoría, lo que significan y su posible repercusión? Pero, en fin, esa es otra historia que debe permanecer por el momento soterrada, y te callas, y dejas a la hermana de la princesa que libre su propia batalla que seguirá perdiendo, de seguro, porque la justicia ha olvidado en algún rincón la inocencia; y esa es también otra guerra, incluso distinta de la anterior. Tiempo habrá para hablar de ellas y librarlas donde proceda cuando sea oportuno. Hoy simplemente hablas de ti, como casi siempre, y reconoces lo que ya has reconocido.
Habitualmente te sueles mirar de reojo, como de pasada, en el espejo del ascensor cada día cuando vuelves a casa, y en los segundos escasos que tarda en llegar a tu piso te da tiempo para reconocer que no lo has hecho demasiado mal y que incluso el nudo de la corbata permanece en su sitio a pesar de todo lo acontecido. Evidentemente no es puro narcisismo, que no crees necesitar; es una especie de terapia comúnmente aceptada; es un reconocerte, saludarte, aceptarte sin más, y despedirte hasta el día siguiente con la esperanza de encontrarte de nuevo y ser capaz de identificarte más allá de toda duda razonable. Simplemente es la constatación de que el día de hoy ha concluido dentro de lo esperado y sin demasiados sobresaltos.
Todo encaja. Todo es normal. Todo se sucede, y un día precede al siguiente, y aún sigues pensando, porque realmente piensas y no te limitas a dejarte llevar, que no lo has hecho del todo mal.
Pero…, ¿y quién te dijo alguna vez que siempre hay un pero en todo planteamiento por muy perfecto que pudiera parecer? Y no lo recuerdas, y tampoco importa, pero resulta que debe ser así, porque un día te paras de golpe y te quedas sin saber si debes seguir adelante o volver atrás. Y descubres, sin previo aviso, que la vida tiene narices, cuando ni siquiera creías que tú pudieras necesitarlas para justificarte, y ya, seguro, nadie lo podrá remediar. Si, ¡vaya por Dios! ¡Tiene narices!
Un día lees una breve y acertada narración de hechos pasados escrita por alguien que forma parte de tu historia, aunque tu historia la has dejado prudentemente enterrada bajo esa leve capa de olvido protector que debiera imposibilitar que los fantasmas de siempre pudieran volver a asustarte y producirte sobresaltos que te obligaran a descomponer la figura, y, de repente, ya nada es lo mismo, y si lo fuera, que pudiera ser, ya no te lo parece, que seguramente es aún peor.
Vuelves a coger el mismo ascensor a la misma hora, pero otro día después, y te encuentras con una imagen diferente. Ya no eres tú. Te encuentras con alguien a quien a penas reconoces y que te mira sin ningún recato, casi amenazadoramente y con ganas de interrogarte sin respetar para nada tu derecho a la estabilidad que tanto debió costarte. Tú bajas recatadamente la mirada para acomodarte al reducido espacio compartido de la cabina sin querer sentirte obligado a abrir la boca, tratando de ignorarlo, pero tu acompañante ocasional no te da respiro alguno y te formula la pregunta más tonta del mundo, esa que sabes que jamás te harías, y que cuando supiste que no te la harías nunca, también supiste que de hacerlo alguna vez correrías el riesgo evidente de desestabilizarte por completo y para siempre; si, por supuesto, la pregunta esa de: ¿qué has hecho con tu vida?
¡Válgame Dios!
Hay algo que se te rompe en el interior, que te sacude, que te hace tambalear perdiendo pie.
¿Qué estoy haciendo con mi vida? Por supuesto que ignoras la respuesta, pero no te queda más remedio que mirar hacia adentro y te percatas realmente, como siempre temiste, que no has hecho casi nada, que has pasado y sigues pasando por tu vida de puntillas para no asustarla, y para que ella no se enterara tampoco de que tú estabas allí y te dejara en paz.
Habías suscrito, sin darte del todo cuenta, una especie de pacto de no agresión reciproco. Un dejarse mecer inconsciente e inconsistentemente. Un permitirse llegar hasta el final aunque estuviera en ninguna parte y no valiera en realidad la pena, pero siempre sin romper la falsa armonía, la estética que parece justificarlo casi todo. Sin generar en ningún caso ningún tipo de violencia, absolutamente inadmisible.
Si, lo reconozco, siempre me ha asustado la violencia quizá porque pudiera ser un ser violento, que no lo sé. ¡Ojala no!
De puntillas, sin hacer ruido, casi inapreciable. Etéreo, vaporoso, una especie de sueño de la realidad cuando uno es capaz de inventarse la realidad y ésta, a su vez, de dejar falsas señales en el corazón, una especie de infartos incruentos sólo apreciables a los rayos x. Lo de siempre, el ser sin existir. Espíritu puro. ¿Qué mejor que ser invisible, por si acaso?
De puntillas. Sin hacer ruido. Hablando sin decir demasiado. Extendiendo una mano para rozar, porque necesitas rozar siempre por el miedo enorme que le tienes a la soledad, pero convirtiendo el roce en algo casi imperceptible, con apenas entidad como para desplazar ligeramente el aire que pudiera haber entre los cuerpos, para generar una simple impresión. Y si embargo, me encanta el roce casi animal que te devuelve a una realidad primitiva donde el contacto no es de dependencia y sometimiento, sino de igualdad, correspondencia, participación, fuego y vida. Distancia abismal, insalvable. Yo sólo soy capaz de generar apariencia, armonía poética, fuegos fatuos. Si, sobre todo ¡vaciedad!, ¡frustración!
Opinar sin estridencias con la pretensión de influir sutil y acertadamente, juntando las palabras adecuadas, pero falto de convicción en lo dicho, sin interés alguno en que tus ideas prendieran en los demás más allá de lo estrictamente necesario para causar una primera impresión favorable. Una vez más la apariencia.
De puntillas. Incluso con un punto de humor que desdramatice cualquier situación tensa convirtiéndola en soportable, y limando cualquier aspereza que hiciera pensar que hay dificultades, que la angustia es el estado natural del ser humano, y si no lo es, que por lo menos no deja de ser consustancial al mismo.
De puntillas para enmascarar la propia debilidad y la falta de sentimientos francos.
La estela es positiva. Se ha creado una imagen adecuada, y ya se sabe que estamos en el siglo de la imagen sin importar demasiado lo que hay detrás de ella, ni siquiera si es medianamente consistente y si se corresponde con la realidad.
Si, la estela y la imagen crean una presunción, y te percatas de repente que has vivido y te has alimentado precisamente de tu propia imagen, ignorándote a ti mismo, el gran desconocido, e incluso sabiendo a ciencia cierta que esa imagen no es ni de lejos la tuya autentica.
Ya te lo habías confesado alguna vez; tu vida, habías escrito, es un calidoscopio perfecto, el juego de la adecuación, de la adaptación, del encaje de bolillos, de la paz de los cementerios. Un juego, a fin de cuentas, supeditado siempre al capricho de apretar el botón que lo desconecta.
De puntillas, si. Ajustándote correctamente el nudo de la corbata, que esta vez has observado torcido, mientras tus sentimientos brillan por su ausencia enredándose en el mundo de lo imaginario sin incidir en el real. Eran sueños infantiles, te reconoces, pretensiones de algo mejor que has sabido controlar para que no te descontrolaran.
Has vivido mil acontecimientos de todo tipo. Bueno, tampoco. Has pasado de puntillas por esos mil acontecimientos dejando huella en los demás, lo sabes, pero tú lo has hecho desde la distancia, tras la barrera, con toda la asepsia del mundo, quedándote siempre fuera, componiendo sólo la figura. Te has cruzado con mil personas distintas a la que has sabido reconocerles incluso sus falsos meritos, pero tú has pasado sin rozarles casi, como un espíritu temeroso de contaminarse con ellos, de enredarte con alguno, de experimentar, de sentir, de poder temblar, de que pudieran zarandearte haciéndote despertar de tu ensoñación.
Te has quitado de en medio siempre, y hoy lo sabes, que es aún peor. Y sabes por fin, y sin ningún tipo de dudas, que has vivido tu vida en una especie de constante viaje astral; el problema de verdad es que tu yo viajero no se parece en nada a tu yo dormido, y ha decidido no esperar más y huir de su cárcel sin importarle, ni siquiera, la cojera que le ha dejado una ciática idiota. Y tú, mientras, te sigues perdiendo sin paliativos en tu verborrea sin fin, pero quizás esta vez de verdad. Tal vez sólo te quede esperar que alguien te despierte mañana placidamente y sin sobresaltos. Tal vez aún te quede la facultad de esperar aunque sepas que ya serás para siempre la mitad de ti mismo, y posiblemente no la más autentica. Si, tal vez aún poder esperar. ¿Por qué no?

viernes, mayo 09, 2008

Hace algún tiempo que no me miro al espejo, pero me temo que me estoy haciendo mayor. Es una impresión, un algo que percibo en mi propio entorno. Empiezo a sentir la sensación de que no tengo prisa para nada; de que soy capaz de aguantar en mi sitio de la cola sin rechistar; que no me quejo cuando me cortan el café con leche caliente y no del tiempo; que no replico a casi nada; que miro a más distancia y por encima de las cabezas sin importarme lo que veo; que escucho sólo lo indispensable; y, sobre todo, que se me amontonan los pensamientos y, por no rechazar ninguno, tan sólo soy capaz de intentar ponerlos en orden. Me limito a almacenarlos por colores y texturas; los pongo de dos en fondo como en formación militar, que seguramente debe ser la formación menos útil posible para un ciudadano de a pie que aspira a no meterse con nadie y a que nadie decida espantarse el propio aburrimiento metiéndose con él, y ahí permanecen a la espera de un no se qué. Lo peor de todo es que yo tampoco sé a ciencia cierta que es lo que pudiera ser ese “qué”.
¡Empiezo a coleccionar pensamientos! Si, ya sé que dicho así no parece nada extraordinario, pero a mi me lo parece cada vez más, porque ¿quién en su sano juicio sería capaz de rechazar algún pensamiento propio si llegara a cazarlo al vuelo, fuera consciente de ello y, además, no se empeñaría, cuanto menos, en retenerlo y ponerlo a salvo con lo difícil que parece que debe ser? Seguro que nadie. Bueno, seguro seguro, tampoco estoy del todo seguro. Pero, lo dicho. Yo empiezo a almacenarlos como otros almacenan ropas usadas, desperdicios callejeros, o quién sabe qué. Que sean útiles o no, por supuesto, es otra cosa. Eso ya sería pedir demasiado y en el peor de los casos tendría que ser suficiente con almacenarlos para por si acaso. ¿A quién tendría que importarle para qué puedan servir? Es más, ¿a quién le puede importar de verdad los pensamientos de los demás, útiles o inútiles, si ya no importan ni los propios, esos pensamientos que más parecen recuerdos en color sepia y desvaídos, como rozados, languidecidos por el tiempo y el abandono? A nadie, seguro. Si al menos fueran de esa clase de pensamientos que nacen en el vericueto indescifrable de las conversaciones crípticas de los integrantes de la última edición de gran hermano, indescifrabilidad que pudiera hacer presumir una inteligencia privilegiada en su ocasional autor, aún aún, ¿pero un pensamiento ajeno sin más, incluso alguno propio de esos que nacen casi espontáneamente después de haber sido repetidos hasta la sociedad por algún programa televisivo al uso, ¿para qué puede llegar a servir más allá de ser capaz de complicarnos la vida aunque sea por accidente y sin pretenderlo?
En fin, lo de los pensamientos me pone sobre aviso. Pero no todo es eso. También, cuando me miro las manos ya no detecto tensión, impulso alguno, ni siquiera sudoración o crispación, sí acaso un cierto temblequeo, y seguro que eso es parkinson; por lo tanto, está claro que me estoy haciendo mayor con lo jodido que debe ser. ¡Tan inútil! ¡Tan insignificante! En fin ¡tan molesto para uno mismo, y sobre todo para los demás!
Y si me estoy haciendo mayor ya, me pregunto: ¿cuál ha sido mi razón de ser? ¿Por qué me he empeñado en pasar un día tras otro asumiendo un orden preestablecido sin ponerlo en solfa, sin discutirlo, sin quejarme por mi propia acomodación? ¿Por qué no he sabido reivindicarme a mí mismo y lo he aceptado casi todo mirando a otra parte o buscando otras quimeras tan aparentes como falsas?
Presuntuoso, ya lo sé: ¡mi razón de ser! Suena redondo y contundente, sobre todo suena a hueco que es como suelen sonar las palabras de las que solemos alimentarnos cuando nos falta la voluntad real de mirar en nuestro entorno, de extender una mano para tocar algo o a alguien, y de ensuciarnos con el polvo del camino.
¿Mi razón de ser ?... Llevo un buen rato parado en la dichosa frase sin que se me ocurra nada que me permita seguir.
Pongo en mi quemador de esencias milagrosas un chorrete de agua y algunas gotas de jazmín, y nada, ni por esas, -¡con lo bien que olía en la “Arboleda perdida”! -, pero ahora sólo percibo un olor-sabor a lupanar barato y nada trascendente. Le doy un trago a mi copa y siento acidez de estomago. En fin nada del otro mundo y mucho de éste. Y sigo donde sigo, sin atravesar ninguna barrera del sonido, ni siquiera la neblina que me suele envolver cuando pretendo encontrar respuestas a las preguntas más insignificantes.
Siento que me estoy haciendo mayor cuando siempre he pretendido ser mayor para eso que presumía debiera ser útil: para pensar; para actuar sin demasiados limites; para poder decidir siendo mi decisión, junto con las de otros, resolutiva y valida; para poder equivocarme, la razón primera y principal del ser humano, y poder rectificar; para poder pedir perdón agachando ligeramente la cabeza con convicción, sólo por eso, porque era de justicia pedirlo, y sin pretender obtener más beneficio que el que pudiera obtenerse del error rectificado; y para seguir, para seguir siempre adelante. Un pasito a tras, pero dos adelante. Siento que empiezo a conseguir mi sueño y que mi sueño parece ser simplemente eso, la pretensión de alcanzar en algún momento la zanahoria que me obliga a seguir dando vueltas a la noria a pesar del cansancio y del tedio y sabiendo, además, que nunca me gustaron las zanahorias.
Ya, ya lo sé, ¡caray! Todo un universo creado para mi, y yo con estos pelos. Es terrible.
Me estoy haciendo mayor y sigo como siempre. Soy la promesa sempiterna que nunca explota. Que está ahí inteligentemente prudente. Soy la esperanza del futuro, cuando el futuro siempre me adelanta dejándome una estela de inconsistencia y polvo.
Siempre he ido a rebufo de alguien o de algo, que no lo sé a ciencia cierta porque sólo me ha rodeado precisamente eso, su rebufo, su espacio vacío de contenido y de tensiones, sobre todo vacío de emociones, dejando tan solo el espacio en su propio vacío repleto de presuntuosidad.
Me estoy haciendo mayor y me pregunto, ¿para qué? ¿qué utilidad tiene? ¿a quién le sirve…? Si, ya lo se, el utilitarismo de siempre y yo reniego una vez más de ello; lo útil por lo útil es lo más inútil que hay.
En fin, me temo que empiezo a hacerme mayor y todo parece seguir tan idota como siempre; y para colmo ya ni siquiera pongo la televisión que lo llena casi todo dándole sentido a cualquier vida inteligente. Y entonces, sin televisión y sin prensa, ¿qué esperanza me queda, si incluso la justicia es lo que parece lamentablemente ser?
Definitivamente, y aunque no me mire al espejo, puedo decir sin demasiado margen para el error que me temo que me estoy haciendo mayor. ¡Lo que me faltaba!

viernes, abril 18, 2008

Leo la narración de mi admirado Aníbal en su empeño de estimular a intentar pensar a las personas que tutela y me quedo pasmado y fuera de juego, incluso, lo reconozco, me escandalizo un poco. Uno puede ser responsable de los demás hasta un cierto limite, y ese limite, lógicamente, está determinado por la relación de cualquier naturaleza: laboral, social o afectiva, que pudieran tener el obligado a cumplir el fin pretendido y los destinatarios de sus desvelos, salvo que uno sea todo corazón, le importe un pito lo que consideren los demás adecuado y prudente, y se de a los otros por propia decisión y sin remilgos hasta donde pueda llegar.
Aníbal es un caso raro. Aníbal asume su papel de educador desde la perspectiva de que lo que transmite no son conocimientos concretos, ni las respuestas adecuadas a un sin fin de preguntas inútiles que sólo sirven a un fin puramente utilitarista, y , unos y otras, están abocados fatalmente a ser olvidados como medida profiláctica inmediata. Aníbal es más abstracto, más etéreo, exige una reflexión, un buscar tiempo para darle al tiempo, y algo de silencio lejos de los artilugios al uso que sirven por encima de todo para embobecer un poco más. Aníbal es un soñador, un espejismo, un espíritu libre tan sólo encarcelado por sus propias ideas que son estrictas para si mismo, pero generosas y amplias para los demás. Aníbal siempre se ahogará en su propio vaso de agua a pesar de intentar preparar a los demás para nadar en mares abiertos y bravíos. Pero es lo que es, la paradoja de la vida. En fin, el absurdo de lo que debiera ser y casi nunca es en la realidad.
Aníbal es un peligro, y así lo reconozco y declaro sin ambages.
¿Pensar?... ¿Reflexionar? ……………….. ¿Y para qué?
El para qué ha sido la pregunta sempiterna, universal, la que se da en todos los tiempos y en cualquier situación, a la que cualquiera, con capacidad y ganas de reflexionar, se hubiera podido enfrentar en cualquier momento de su vida. Todo debe tener una respuesta coherente a esa pregunta abstracta que siempre exige de respuestas concretas. ¿Para qué?
Es lógico y es normal. Si no hay respuesta, fuera cual fuera ésta, es que nos estamos planteando un absurdo, un sueño irrealizable, algo estéril e inútil.
Todos los ideólogos de cualquier corriente absolutista, y las hay de todos los colores, incluso de colores que aparecen siempre como adalides de la libertad individual y son simplemente aparentes redentoristas de las angustias colectivas, o sea, los mismos miembros de iglesias distintas, en donde sólo hay diferencias en la ornamentación y en la parafernalia; y unos y otros- los mismos perros con distintos collares, que decía mi abuelo materno -, se han plantado siempre el mismo objetivo, apoderarse del alma de los más pequeños, ya que el resto es siempre cuestión de tiempo. Y ¿qué es el alma?, pues eso, lo concreto y lo inconcreto, la capacidad de ser uno mismo, y de acertar o equivocarse uno mismo, y de llorar uno mismo cuando los demás no lloran, o permanecer insensible, sereno y hasta distante cuando el llanto es oficial y, por tanto, colectivo. El alma es…:”Me llamo Argamenon. Tengo miedo, demasiado miedo, lo confieso. Pero voy a seguir siendo yo, a pesar de mi mismo, y sobre todo, de todo lo demás, esa corriente al uso que me desvirtúa, inutiliza, y trata de convertirme en algo consonanten con el resto; ignorando, que es grave, e importándole muy poco, que lo es aún más, que hay algo en mi mismo que me obliga a rebelarme, a decir que no, que yo soy yo; que no serviré para nada, y que cualquier esfuerzo que pretenda desarrollar será inútil y baldío, estéril para mi y para los demás, pero que a pesar de ello, soberbio como soy, pretendo seguir siendo yo, por encima de todo.”
El alma debe ser algo parecido a esa declaración o a otra cualquiera que cada cual podría hacer mirándose hacia adentro. Un pretender ser uno mismo dentro de la colectividad y no dejarse perder en ella. El alma debe ser no permitir que lo encasillen, etiqueten, uniformen, y, como consecuencia irremediable, lo olviden.
El alma debe ser aquello que Aníbal pretende que sus alumnos encuentren allí donde esté, para que lleguen a ser ellos mismos, lo cual tampoco les garantizará un poco de felicidad. ¡Seguro!
De todas formas, Aníbal está un poco loco. Es un desestabilizador, está claro. Pero para mí, y después de haberle leído algunos retazos, representa algo parecido a la esperanza. ¿Y la esperanza qué es? Ni idea, pero suena bien, y cuando uno la aspira por las fosas nasales descongestiona casi tanto como el producto ese que se frota en el pecho pero sin dejarte pringados los dedos.
Aníbal quiere hacer pensar a sus alumnos y yo le aplaudo desde mí cómoda inexistencia y desde la distancia adecuada para quedar resguardado de cualquier resultado, sea el que sea. ¡Cómo me hubiera gustado que me hubieran enseñado a pensar!
Me hubiera gustado estar en algún momento de mi vida bajo la tutela de Aníbal; quizás así hubiera sido muy distinta; o igual, pero con un sentido diferente: o peor, pero plena; que de todo debe haber. Quizás hubiera tenido menos miedo, y el miedo es el que hace inútiles a los seres humanos o los convierte en animales. Recuerdo que hace mil años vi una película que me dejo huella, “Perros de paja”, y ese día, después de quedarme sin aliento y relativizar todo lo que creía sobre el comportamiento humano, me di cuenta de que se puede tener miedo por muchas cosas, algunas absurdas y otras menos, pero que el miedo nos puede paralizar o nos puede hacer reaccionar de la forma más inesperada. Ese día me percaté que soy carne de cañón y que puedo pensar y decidir por mi mismo aunque no sirva de nada, o ser uno más del conjunto aunque tampoco sirva para nada; pero que en todo caso podía, en mi inutilidad, ser menos desgraciado. ¿Qué se yo?
El problema es que aún hoy me sigo formulando preguntas sin saber cómo contestarlas, y la fundamental de ellas es la de ¿qué es peor, hacerlo o no?
Aníbal con su paso cambiado pero firme me está complicando aún más la vida, y en el fondo y de verdad me alegro de ello. Quizás leyéndole consiga dejar de dar vueltas en círculos y en ninguna parte.

viernes, abril 11, 2008


Nada de nada

Me considero un poco lobo estepario, lo reconozco. No sé por qué lo digo, pero es tan contundente, tan redondo, que casi le deja a uno sin respiración al decirlo. ¡Lobo estepario! Suena fenomenal.
Debo reconocer también que discutiéndome continuamente y poniendo de manifiesto mi falta de valía personal, en el fondo, y no demasiado en el fondo, me estoy aceptando, redimiendo, e, incluso, estoy elevándome a los altares y relamiéndome por la crudeza y calado de mis confesiones; y que eso debe ser, según imagino, la justa contraprestación a aceptar y asumir humildemente la autocrítica que me inviste de legitimidad para casi todo. Soy eso simplemente, casi todo por justiciero, y nada de nada en la realidad. Es decir un humilde presuntuoso, un solitario recalcitrante con miedo a la falta de compañía; y un profundo relativista con pretensión de eternidad.
En fin, la repanocha. El no va más. El “sursum corda”.

No deja de tener narices lo que estoy diciendo suponiendo que sea cierto, que tampoco lo sé con seguridad. Pero casi todo termina siendo así o muy parecido: un poco de mala literatura, alguna que otra idea aislada, un par de sensaciones sin contrastar, y dejar en letra impresa la idea de que uno se está autoanalizando con rigor. Demasiado fácil, sin lugar a dudas, pero suficiente, en todo caso, para no pasar desapercibidos, que es el morir.
Nos desnudamos en público sin mucho, sin demasiado recato, casi-casi con la sensación de violentar nuestra propia conciencia imbuida por nuestra natural modestia. Nos flagelamos también en público. Nos denostamos. Reconocemos nuestros vicios y errores. No pedimos perdón, por supuesto, porque eso es otra cosa; pero nos arrastramos contritos buscando, sin parecerlo, la complicidad de los demás, esos que son tan impuros como nosotros mismos, y la obtenemos demasiado fácilmente y sin pretenderlo, por supuesto, ¿cómo no la íbamos a obtener, y a raudales, si ellos, los miembros de nuestro jurado popular, si son de verdad inteligentes y saben entendernos, no van a dejar de reconocerse como mayores pecadores que nosotros mismos?
Sabemos más que nadie. Dominamos sin parecerlo. Abrimos conciencias. Hacemos pensar. Vivimos sin vivir en nosotros mismos. Somos, sin pretenderlo, el brazo incorrupto de Santa Teresa de Ávila, y como no lo pretendíamos, ¿de qué avergonzarse?, ¿qué le vamos a hacer, si lo somos de verdad?

Mi verdadero problema es que me he pasado la vida imaginando, y la realidad ha sido otra cosa muy distinta a ese triste sueño que nunca llegó a ser lo pretendido. En fin, se convirtió en simplemente asumible; no irremediable, porque casi todo tiene remedio aunque siempre llegue tarde, cuando ya no importa, pero si aceptable si no se mira a atrás.
Pero las cosas no son lo que son y hay que etiquetarlas siempre para saber que significan, no hay que dejar nada al albur de lo imprevisto, o de lo posible, a la imaginación, que ésta es muy subjetiva, y ¿a saber de quién queda dependiendo?
Pero ¿de qué estoy hablando? La verdad es que no lo sé, pero si no hay más remedio que etiquetarlo todo, pues digamos que hablo de… ¿inconformismo?...
Ni puta idea. ¿Tal vez de espíritu de contradicción, que es más aceptable? ¿Quizás de buscar espacios neutros donde sobrevivir sin ser agredido ni necesidad de agredir como algo irremediable? ¿Qué tal, de pura cobardía, si no hay más remedio que adjetivarlo todo?
No lo sé. Demasiado definitivo de todas formas. Excesivo y muy angosto para dejarse uno mismo un margen para poder seguir respirando o, por lo menos, para poder seguir levantando la cabeza y pretender que uno piensa y juzga con su propio criterio tras reflexionar.
Pero volviendo al principio, y menos mal que siempre hay un principio a pesar de uno mismo, me he expresado en un plural que no sé si es o no el correcto, y si lo fuera tampoco tendría la mínima importancia, porque yo, con nombre y dos apellidos, perfectamente enmascarado y oculto con este embozo (Argamenon) que lo oculta y disimula casi todo, soy yo y nada más, aunque no sea yo y pudiera ser cualquiera de vosotros, o pudiéramos ser muchos, y volveríamos a plural con el que trato de justificar lo que he escrito. Eso es en el fondo la maravilla del anonimato; uno puede decir lo que quiera y pretender, asegurar y convencer a los demás que nunca lo dijo o que él siempre dijo lo contrario. Ese anonimato siempre nos redime de todo aunque también siempre nos lleva a ninguna parte. Y en el fondo es ese el problema, que casi todo nos lleva a ninguna parte y que hay que aprender a vivir en ninguna parte pero con la mejor de nuestras sonrisas.
Debo reconocer también que me encanta este último dislate. Cada vez con más frecuencia me encanta llegar a ninguna parte, al lugar de nunca jamás, al espacio donde la fantasía absoluta campa por sus respetos, donde todo es posible si uno es capaz de arrimar el hombro y casi nada es verdad o por lo menos demasiado trascendente y definitivo.
Yo no soy así, lo sé, y me da reparo y sobre todo vergüenza reconocerlo; y no lo soy, no porque no lo pretenda, que me encantaría; sino porque no tengo la entidad suficiente para manipular a los demás. Cuando digo lo que digo, y muchísimas veces no llego a saber lo que es, lo hago con la sana intención de que al menos me sirva a mi mismo, que casi nunca ocurre, y que pudiera servir a los demás. En fin, una pretensión bienintencionada, pero sólo eso, buena intención; porque les tengo a los demás mucho respeto. No les conozco, pero a pesar de ello les quiero un poco. Siento hacia ellos tanto amor a veces, como desamor otras muchas. Me enternecen, y a la vez me generan un cierto rechazo visceral porque son muchos más que yo; porque me invaden casi siempre, y me empequeñecen, y me roban mi metro cuadrado donde pretendo seguir siendo eso, uno, pequeño y libre. (¿de qué me suena estos?)
Se que puedo prescindir de ellos para seguir por los siglos de los siglos siendo eso, el famoso lobo estepario de los relatos serios e imprescindibles, pero tan inútil, absurdamente complejo y prescindible en la realidad de cada día.
En fin. No sé lo que he escrito y menos aún me importa. Hoy estoy feliz leyendo la historia de mi desconocido amigo Aníbal; mi alma gemela y a la vez mi contrapunto. Me enternece. Me hace reír a pesar de su aparente distancia frente a los demás. Es otro lobo estepario pero con corazón, con demasiado corazón para que le quepa en el pecho. No sé quién es, y menos aún si esta recomendación pudiera incomodarle, pero como ya he dicho, queriéndoos con las mismas ansias con las que me dejáis indiferente, os lo recomiendo en http://calimatias42.blogspot.com.

domingo, marzo 23, 2008

Ya que estamos en semana santa quiero confesaros que me encanta ser trascendente. Bueno, realmente no es cierto del todo. Lo cierto de verdad es que me encantaría ser transcendente, que seguro que no lo soy, y posiblemente, si lo consiguiera, me encantaría serlo para algo tan intranscendente como pretender ser de verdad.
Me repito constantemente, lo sé. Me repito y soy contradictorio. Digo y me desdigo hasta la saciedad. Busco y rebusco en el trastero de mi alma, donde dejo abandonadas aquellas vivencias que aparentemente no han dando resultado alguno pero que confío que alguna vez pudieran darlo, y por eso las dejo en la papelera de reciclaje, que no es otra cosa más que ese espacio indefinido a caballo entre el ser y el no ser, imagino que una especie del limbo donde quizás puedan encontrar un poco de esperanza los desesperanzados. Si no fuera así, las hubiera borrado sin remisión y terminado con ellas sin dejarlas aparcadas a la espera de acontecimientos. Pero yo soy yo, y siempre tengo la esperanza de que mañana no sea hoy y sea distinto. Es la esperanza en lucha constante conmigo mismo, todo desesperanza.
Que pesadísimo que llego a ser. El colmo, lo sé.
La vida debe ser otra cosa, ¡seguro!
La vida, que no tengo la más remota idea de lo que de verdad es, debe ser, imagino, levantarse por la mañana todos los días con la sensación de que algo nuevo pueda pasar. La vida debe ser mirar por la ventana para intentar vislumbrar espacios distintos a los que habitualmente nos rodean. La vida pudiera ser también, según he creído descifrar en ese silencio denso y pesado con el que se manifiestan muchas de las personas que me rodean y siempre tienen razón y las ideas claras, anclarse en el ayer para volver a revivirlo con pelos y señales pero corrigiendo y aumentando todo lo corregible o que quedó aparentemente inexistente o desapuntalado y para permitirse el consuelo de dejar sólo lo bueno, de borrar o minimizar lo malo, y, si no fuera posible, de pretender redimirse de lo equivocado; y si no de justificarlo, sí, al menos, de asumir el ¿animo… o propósito? o, ya no recuerdo, el no se qué de la enmienda, que decía mi catecismo juvenil.
Ante esta última reflexión que creo deducir, y ojala me equivoque, de esos silencios densos mencionados, pero casi siempre suficientemente elocuentes, me quedo desarmado y con la impresión de que si fuera cierto y la vida fuera eso, nunca seguiría el consejo de seguir viviéndola en un permanente reply.
Nunca me ha gustado desandar el camino, ni siquiera cuando llego a ser consciente de mi error. En tales casos suelo conectar mi Tom-tom y busco alternativas, otras vías secundarias, quizá mas tortuosas, pero siempre diferentes, y algunas llegan a resultar extraordinarias e inesperadas. Así he podido conocer lo que de seguir la línea recta seguro que no me lo hubiera permitido.
Lo reconozco, algunas veces he pasado miedo, he sentido la tentación de claudicar, y, a pesar de mi miedo y desatino, sin hacer nada del otro mundo he hecho… mucho. Bueno, no tanto; en realidad sólo son ganas de presumir y animarme a mi mismo mintiéndome un poquito más. La realidad es que por meritos propios o ajenos he hecho poco, demasiado poco, de lo que – creo ( un acto de fe más en mi vida repleta de dudas)- hubiera querido hacer. Unas veces la culpa fue de mi falta de valentía personal, pero las más de mi escasa imaginación, y ésta si creo que debe ser el motor mismo de la vida y que Salamanca no presta. Pero una vez reconocido mi pecado para estar en plena armonía con la semanita de marras, - me pregunto: ¿valía la pena…? Eso ya es otra historia y casi nunca importa demasiado, y me callo, disimulo, y hago mutis por el foro…. .
Lo que si es cierto, ya que lo demás imagino que de verdad tenía muy poco y mucho de mala literatura, es que sin haber hecho casi nada siempre he podido saber por qué me han abofeteado las veces que lo han hecho, y que nunca ha ocurrido por el lamentable azar de haber pasado por allí y en aquel preciso y desafortunado instante, y que por ello estoy más que seguro de que soy un privilegiado de la vida, muy por encima del común de los mortales.
Si, debo reconocerlo, las veces que lo han hecho me lo tenía merecido, suponiendo que alguien se tenga merecido ser abofeteado, insultado o escupido por pensar y actuar de forma distinta a la oficial fuera ésta la que fuera en cada momento. En realidad no es nada extraordinario, lo sé, simplemente es la historia de la humanidad de todos los tiempos; unas veces cambia parte de la trama del guión y la dirección de la marcha de algunos de los actores, pero las palabras fundamentales y los gestos de la autoridad, esté o no legitimada, ésas siempre son las mismas: todo consiste en perpetuarse por los siglos de los siglos borrando cualquier signo de inteligencia que pudiera ponerla en peligro, incluso aunque este peligro sólo nazca de su propio criterio. (Que terrible síndrome de Estocolmo debo sufrir. Iba a escribir “imaginación”, ¡que insensatez! ¿Para qué se necesita la imaginación y hasta el sentido común cuando se tiene el poder?).
Cuando se tiene el poder, lo tenga quien lo tenga, siempre hay un dedo acusador dispuesto a todo, y lamentablemente, como es estrictamente necesario, también siempre hay un alma en pena capaz de soportar lo insoportable, incluso muriendo en el intento, que debe ser el colmo del aguante disfrazado de lúcida estupidez.
Pero estaba hablando de la vida, y la vida debe ser mucho más y demasiado genérica para personalizarla. Tiene casi siempre tanto de lo mío como de los demás, y casi siempre me resulta difícil identificarla y descifrarla, y termino por pasar por encima de ella de puntillas para no molestarla, no sea que me mire a los ojos, y como el tiempo, se carcajee de mí. La vida es como ese último amor que devolviéndonos la esperanza no sabemos ni siquiera adivinarlo aunque lo intuyamos o, al menos, nos lo inventemos para seguir respirando. ¡Qué se yo!
Sí, ya lo dije antes. Soy pesado hasta la saciedad, y me repito y me repito, pero debe ser mi forma de pretender encontrarme, porque la verdad es que me busco y no me da la gana de permanecer en la incertidumbre de haberme perdido, pensamiento que aún me deja un cierto margen. Peor seria reconocer que mi perdida lo es sin remisión.
Yo si creo en la remisión y por eso sigo dando vueltas sobre mi mismo, y sobre mi entorno, ese entorno que acepto aun siendo hostil y ajeno. Acepto casi cualquier cosa, y ello debiera ser lógica consecuencia a mi espíritu democrático y liberal, no de mi carácter de bote pronto, tan humano como inapropiado. Mi espirito, que aún no ha sabido doblegar a mi carácter y menos aún ha permitido ser doblegado por éste, es, como digo, liberal y democrático; respeta las reglas del juego, cree a pies juntillas en la sacrosanta libertad de expresión, en el respeto a la sociabilidad, al conjunto, a la diversidad, no al rebaño, que es otra cosa, no demasiado distinta a lo que digo, pero seguro que otra cosa. Pero de ello estoy seguro que hablaré otro día precisamente porque soy consciente de que soy un bocazas impenitente y, en este caso, lo sé, sin remisión. En fin, que perdido o no, soy el no va más. Producto “made in…” ¡genuino! ¿Quién sería capaz de comprarme sin derecho a cambio? Yo, no; seguro.